FAMILIA EDUCADORA (V)

EL EGO-CARÁCTER ES EL RESULTADO DE UN MODELO EDUCATIVO AL QUE LE FALTA LA SABIDURÍA DEL AMOR

El modelo educativo es el resultado del tipo de relación que los padres mantienen entre sí y con los hijos. Parafraseando a Antoni Blay podemos decir que los padres son las primeras víctimas de su propio ego-carácter no trabajado. La interacción de su respectivo ego-carácter, genera un modelo educativo, que inevitablemente produce el ego-carácter del hijo. En este mecanismo se dan lugar dos elementos determinantes:

  • Un déficit emocional que produce una degradación emocional y la consecuente necesidad de compensarla como sea, a medida que el niño se hace adulto.
  • La degradación emocional (porque el niño la vive con angustia y sufrimiento) produce en él una percepción distorsionada de la realidad, la cual queda “fijada” en forma de prejuicio cognitivo (“Debo… para no sufrir…)

Estos dos elementos conforman el EGO-CARÁCTER

En consecuencia el ego-carácter es una «pasión distorsionada» (deseo o necesidad neurótica) por satisfacer las necesidades afectivas deficitarias, que han quedado «fijadas» a un prejuicio cognitivo: “Debo… para evitar sufrir…”

El prejuicio cognitivo es el resultado de la percepción distorsionada. El niño se adapta al entorno. Prueba la mejor manera de obtener la seguridad afectiva que necesita. Con cada acierto y obtención, refuerza la creencia (= prejuicio cognitivo) de que consigue si reacciona de tal manera, sin darse cuenta que, con el tiempo, cuanto más fiel es al prejuicio cognitivo, más se aleja de su verdadera esencia.

En resumen, dos aspectos para comprender el ego-carácter:

  • a nivel emocional hay que buscar una pasión distorsionada (necesidad neurótica) de compensar y satisfacer el déficit emocional (degradación emocional)
  • a nivel cognitivo hay que buscar el prejuicio cognitivo (falsa creencia distorsionadora de la realidad) que ha quedado fijado a una degradación emocional, la cual genera en el adulto la necesidad inevitable de compensar de forma neurótica, sea como sea.

Este es el ciclo neurótico que retroalimenta continuamente nuestro ego-carácter.

La percepción distorsionada de la realidad implica también la percepción distorsionada de uno mismo, del propio yo. Creyendo que nos conocemos, en realidad no es así, puesto que conocemos lo que no queremos volver a experimentar, pero no conocemos de verdad cuál es nuestra verdadera esencia.

El común denominador que produce todos los ego-carácter es la falta de amor a si mismo. El ego-carácter busca desesperadamente volver a experimentar el amor. Solo que lo busca de forma equivocada y en la dirección equivocada.

¿Quién puede recomponer el equilibrio que restablezca el amor? Solo un gran ideal capaz de «organizar y vivificar mediante una visión sapiencial, gracias a un objetivo supremo», motivados e impulsados por un gran ideal: el amor.

El niño a veces ha sido de tal forma herido que a penas le queda autoestima. En consecuencia la percepción distorsionada de si mismo le impide amarse y amar. Quien más quien menos, todos tenemos necesidad de abrirnos a aquella visión sapiencial, a la fuerza de aquel ideal que nos devuelva el amor por nosotros mismos. Y con esta fuerza poder salir de sí mismo y amar a los demás.

Es ahí donde la función educadora de la familia tiene un papel importantísimo. Solamente a través del amor a sí mismo puede el individuo ser capaz de amar a los demás, y solamente a través de la restauración del vín­culo amoroso original hacia los propios padres puede a su vez amarse a sí mismo, porque de otro modo el re­sentimiento hacia los padres recaerá inevitablemente sobre las introyecciones parentales que impregnan su psiquismo.

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