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CÓMO SALIR DE LAS TRAMPAS 1

TRAMPAS N°1 Y 2:

Gerhard Pfohl, del Instituto Médico de la Universidad Tecnológica de Múnich, me señaló sarcásticamente en una carta privada que la psicología clínica operaba, en líneas generales, con dos recetas baratas: «Revolviendo en la psique lo que el hombre ya hace tiempo ha olvidado por su propio bien» y «seduciendo a los pacientes para que vean el arrepentimiento propio como el mea culpa de un tercero (generalmente los padres)».

Gerhard Pfohl

Como psicóloga clínica, estaba capacitada para asegurarle a mi colega que, entretanto, nuestra disciplina había superado completamente ese estadio. Pero, por desgracia, las recetas baratas todavía circulan en la psicología popular y hacen a los «seducidos» insensibles a las cuestiones éticas. De ello quisiera advertir a continuación de la mano de dos ejemplos, uno práctico y otro teórico.

Como psicóloga clínica, estaba capacitada para asegurarle a mi colega que, entretanto, nuestra disciplina había superado completamente ese estadio. Pero, por desgracia, las recetas baratas todavía circulan en la psicología popular y hacen a los «seducidos» insensibles a las cuestiones éticas. De ello quisiera advertir a continuación de la mano de dos ejemplos, uno práctico y otro teórico.

EJEMPLO PRÁCTICO

Una mujer de 30 años no mantiene ninguna relación positiva con los hombres. Sin embargo, ansía ser madre y tener una familia. Explica el fracaso de sus relaciones con el sexo opuesto aludiendo a la personalidad autoritaria de su padre. Dice que él nunca le había prestado atención, que había reprimido constantemente sus iniciativas y que siempre se había metido con ella. Por ello, esta mujer se muestra (inconscientemente) desconfiada ante todos los hombres, se siente de inmediato dominada por ellos y corta de raíz cualquier contacto de mayor intimidad. En resumen: su padre, mediante una educación fría y severa, le había arrebatado cualquier posibilidad de tener una relación en el futuro.

En este caso, Pfohl diría que, una vez más, se está haciendo entonar el mea culpa a la persona equivocada, y no andaría falto de razón. Los modelos de pensamiento y conducta arraigados en esta mujer representan una verdadera «trampa» en la que ella ha caído. Supongamos que juzga correctamente a su padre (lo cual tampoco es seguro, porque la mirada retrospectiva siempre distorsiona). Sin embargo, de ella depende exclusivamente elegir hasta qué punto se deja seducir y transfiere sus experiencias paternas a otra persona (a terceros que no tienen ninguna culpa de sus vivencias infantiles). Tan pronto como entre en contacto con una persona nueva, que no ha influido lo más mínimo en su educación, con desconfianza radical e inoportuna actitud defensiva, lo estará perdiendo como amigo potencial. De esta manera echa a perder toda relación incipiente. Ella se ve a sí misma como una persona que sólo recibe ingratitud, pero no se percata de que también la reparte…

La vía de escapatoria de este tipo de «trampas» es la asunción consciente de la propia responsabilidad.

El ser humano no es un aparato inánime impulsado por fuerzas psíquicas inconscientes. Es cierto que los condicionamientos genéticos y ambientales a los que está sometida la psique son enormes, pero siempre queda una considerable posibilidad de reconducir estas fuerzas de manera fructífera o de oponerse a ellas. Y siempre existe una «llamada» que apremia al ser humano sobre aquello que, bajo la activación de sus posibilidades restantes, debe ser. En el caso de la mujer del ejemplo, esta «llamada» le diría que en su esfera de encuentros hay hombres respetables que merecerían su confianza: una confianza conscientemente «anticipada» por la mujer y con cuya realización quizás hasta podría deshacerse por fin de ese recelo crónico largamente arrastrado.

La psicología popular se plantea con frecuencia la siguiente pregunta: «¿Cómo puede el hombre superar sus debilidades si no las conoce?». Sin embargo, por desgracia, muchísimas personas que se hallan cautivas en sus propias «trampas» conocen perfectamente sus puntos débiles. Por ello, hay que ampliar esta pregunta con otra, extraordinariamente fascinante: «¿CON QUÉ SUPERARÁ EL HOMBRE SUS DEBILIDADES SI NO CONOCE SUS PUNTOS FUERTES?». La réplica a estas dos preguntas es la siguiente: a diferencia de las debilidades, los puntos fuertes no provienen de ningún condicionamiento anterior, sino que crecen en nosotros cada vez que nos sentimos solicitados o llamados ara algo.

EJEMPLO TEÓRICO

Hay personas que se dejan hacer (prácticamente) de todo. Son tímidas, no se rebelan, no se defienden y no se imponen porque se consideran inferiores e incapaces, y escurren el bulto ante cualquiera que se muestre resolutivo. Estas personas son fáciles de presionar. En general, «se portan bien» en condiciones de presión, lo cual significa que hacen lo que se les dice si se les pide con la insistencia adecuada.

Sin embargo, con la edad, estas personas se desprenden de su timidez porque la presión del entorno se vuelve insoportable, y «rechistan». No pocas veces se pasan al otro lado, es decir, echan la bronca a los colegas, presionan a sus propios subordinados y demuestran con una exageración insólita que no están dispuestas a acobardarse.

Parece un progreso alentador, pero en realidad no lo es. Dan la vuelta a la tortilla, pero la tortilla es la misma. En principio, no existen diferencias sustanciales entre ser tímido e intentar intimidar; simplemente se produce un intercambio de papeles en una representación desafortunada. El verdadero avance no es el que va del «tolerarlo todo» al «rechistar agresivo», sino el que va del «TOLERARLO TODO» A LA «ACCIÓN ORIENTADA A UN SENTIDO», es decir, a actuar, guste o no, teniendo en cuenta las consecuencias para terceros y respetando su bienestar:

Incontables pioneros del supuesto derecho de autodeterminación de la persona (que, naturalmente, existe, pero no es ilimitado) emergen de ese contingente de ex tímidos que ya no están dispuestos a tolerar nada más, que quieren emanciparse y hacer realidad algo propio, cueste lo que cueste. Tal vez se han dejado dominar innecesariamente durante años por un tirano cualquiera y ahora, de golpe, se encuentran en el lado contrario, se convierten ellos mismos en tiranos disfrazados y ocultan hábilmente su tiranía bajo la consigna de su derecho a la autodeterminación. Olvidan que eso sigue siendo una dictadura en la que están atrapados, a la que antes tuvieron que someterse y a la que ahora someten a los demás. No han aprendido a convivir en democracia y todavía no han salido de la «trampa» de la opresión o de la sensación de opresión.

Gottfried Küenzlen

Gottfried Küenzlen, teólogo y sociólogo del Evangelischen Zentralstelle für Weltanschauungsfragen (centro protestante para temas religiosos e ideológicos), reprodujo en uno de sus libros la crónica de Gilda Boysen, una joven que había recibido un entrenamiento psicoterapéutico para auto-determinarse («más deseo de mujeres») y auto-liberarse («hágase mi voluntad»). Su contundente comentario sobre dicha crónica termina con las siguientes palabras.

COMENTARIO:

Hay tendencias en la psicología humanista que no son de recibo para los cristianos. Allí donde la filosofía del “do your own thing” (“haz tu propia obra”) se convierte en una práctica que determina la vida y donde el prójimo y el entorno son tan sólo el espejo del conocimiento y la realización de uno mismo, allí reina un espíritu que no es el espíritu del Evangelio. Y no estoy hablando de mantener a la Iglesia «alejada» de las «malas» influencias externas, sino que estoy hablando de la convicción de que el sufrimiento mental y, también, el peso de la biografía personal impiden la liberación cuando la persona se remite una y otra vez a sí misma…

¡Cuántas ansias de vivir encontramos en la crónica de Gilda Boysen sobre su viaje a través de la escena psicológica! Pero también ¡cuánta opresión y cuánta confusión en el propio Yo! Naturalmente, no es algo que afecte únicamente a este campo, sino que concierne también a la corriente general de nuestra cultura y, en último término, a todos nosotros. Así, tanto en la Iglesia como en la sociedad, y precisamente en la situación espiritual y religiosa en la que nos hallamos actualmente, tenemos que aprender a descifrar el significado de la fe, porque el ser humano necesita la misericordia para prosperar en la vida; tenemos que volver a escuchar, entre las innumerables voces y poderes de la época, la palabra que no nos podemos decir a nosotros mismos, pero que nos la regala quien nos dice: «Porque yo sigo viviendo y vosotros viviréis».’

Sólo si incluimos en nuestra forma de obrar «la palabra que no nos podemos decir a nosotros mismos» (el logos, el sentido), ascenderemos a un nivel en el que no nos someteremos ciegamente a las palabras y órdenes de otras personas ni creeremos que nuestra propia palabra y nuestra arbitrariedad son lo único válido para nosotros y para los demás.

TRAMPA N°3:

En el Año Mozart mucha gente rememoró al prodigioso niño Amadeus. Se dice de él que, a veces, mientras comía en un restaurante, se le ocurría alguna melodía nueva y, a falta de otro instrumental, la garabateaba en una servilleta de papel con un lápiz proporcionado por el camarero. La anécdota es totalmente verosímil, porque las ideas imaginativas llegan sin anunciarse y sin esperar a que se dé la ocasión adecuada. En cambio, cuando las necesitamos suelen desaparecer sin dejar el más mínimo rastro.

Por supuesto, no todas las ocurrencias llegan en forma de ideas artísticas. En algunos casos caen como una lluvia de ceniza sobre la mente y oscurecen el horizonte de pensamiento. Entre estas ocurrencias fantasiosas están las generadas por un miedo básico e «inconsolable» a la vida. En las sesiones psicoterapéuticas se escuchan sus más excéntricas variaciones, ideas que ni el más prolífico novelista podría imaginar.

Por ejemplo, hay pacientes obsesivo-compulsivos atormentados por la fantasía de que, en un momento de enajenación mental, podrían apuñalar a niños con un cuchillo de cocina, empujar a los pasajeros a la vía de un tren a punto de llegar u orinar en los bancos de la iglesia; todo ello con la fatal consecuencia de tener que vaciar sus casas de cuchillos o evitar estaciones e iglesias dando grandes rodeos para protegerse de ellos mismos. Por otro lado, los pacientes enfermos de ansiedad sufren con visiones terroríficas de otro tipo. En ellos no predomina el miedo a un crimen por cometer, sino el miedo a una humillación por padecer. En sus fantasías prevén todas las situaciones lamentables imaginables reunidas en su propia piel, escuchan risas de burla y mofa a su alrededor cuando han fallado y se creen con un pie en la tumba cuando la angustia les oprime la garganta. También aquí, la consecuencia es un pedazo de «vida no vivida». El que quiere eludir todas las eventualidades negativas se está dirigiendo a la nada, se está estancando.

La fantasía, tanto la novísima melodía que nunca antes ha sonado, como la espera de un susto en un futuro que todavía no ha llegado, es una especie de cine en el cerebro». La reserva de la que se alimenta la fantasía es lo mejor y lo peor del ser humano, enfermedad y salud, trauma y talento. Pero, en cualquier caso, es una demanda. La ocurrencia imaginativa es una demanda al Yo del ser humano. Cada idea que se presenta al Yo, dice: «¿Me tomas en serio, me aceptas, me llevas contigo?».

En ese preciso instante es cuando hay que separar el grano de la paja, y pobre de aquel que deja pasar ese momento. ¿Qué habría sido de Mozart si no hubiese tomado en serio la demanda que le planteaban sus geniales ocurrencias musicales? ¿Qué habría pasado si, ignorando la demanda de su fantasía, hubiese seguido sentado a la mesa y se hubiese limitado a limpiarse los labios con la servilleta? ¡Sus obras maestras no habrían pasado a la posteridad! ¿Y qué pasaría si los obsesivos y los angustiados no tomasen en serio la demanda de sus horribles visiones? ¿Qué pasaría si, superándolas interiormente, riéndose de ellas, se susurraran a sí mismos: «¡Ja! ¡Ya vuelven los fantasmas a las andadas! ¿Quieren jugar? Pues juguemos. ¿Quién teme al lobo feroz?». Estas personas se convertirían en personas sanas (lo cual no es poco) porque sus «trampas» se abrirían de repente.

Es decir, lo importante aquí no es tanto el contenido de nuestras fantasías como el conocimiento de la demanda formulada precisamente con este contenido. ¿Es un contenido lo que tenemos que considerar, conservar, rescatar de la transitoriedad y la fugacidad del delicado tejido de las ideas asignándole un lugar en la realidad, quizás incluso un lugar a nuestro lado? ¿O se trata de un contenido cuya demanda nos comunica que no tenemos que dejarnos deslumbrar ni engañar por él, que hay que tratarlo con ironía o ignorarlo porque es insignificante, una simple imagen inflada del miedo y nada más?

La imaginación humana no tiene límites. Las fantasías de vida y muerte cambian a ritmo salvaje. Se dirigen a nosotros y nos reclaman, y es decisión nuestra darles la importancia adecuada en su exacta medida. Ninguna visión apocalíptica induce a ningún Yo a claudicar si el Yo la aguanta, como tampoco ninguna visión de resurrección pasará de largo si el Yo confía en ella.

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