LA VOZ DEL SILENCIO

13 COMPRENDER, ES LA BASE DEL PERDÓN

La iniciativa la tiene el SER.

En el trabajo espiritual, la iniciativa la tiene el SER. El ego pretende usurpar. Cuando no estoy suficientemente atento, el más mínimo impacto sacude mi interior, el ego-mente activa sus defensas: los pensamientos se amontonan, las emociones se sobresaturan y las sensaciones se acumulan. De cara hacia afuera me esfuerzo por disimular el embate interior del ego, para no quedar mal. Y me doy cuenta que sólo puedo mantener la compostura hasta el punto donde el trabajo espiritual ha logrado llegar. Por trabajo espiritual entiendo el espacio de conciencia que mi libre albedrío ha conseguir recuperar para el SER. La experiencia me enseña que el trabajo espiritual consiste en esto: que la Presencia de Dios, el SER, cada vez sea más Presente en mi vida. Es una decisión que tomó desde mi libre albedrío. El porcentaje del tiempo que permito que mi ego-mente esté activo en mi vida cotidiana, es inversamente proporcional al porcentaje que concedo a la acción de la Presencia de Dios en mi día a día. Es cuestión de poner mi libre albedrío al servicio de la Presencia.

Hoy he escuchado un comentario a partir del cual mi ego-mente ha hecho su particular interpretación. Inmediatamente han surgido juicios, malhumor, tristeza, y todo tipo de pensamientos sublevados y sensaciones desagradables.

El ego-mente no sabe reaccionar de otra manera. Me sentía mal. Cuando me he propuesto afrontar esta revuelta interior desde un nivel de conciencia más profundo, desde la Presencia del SER, he tenido la intuición de que debía comenzar perdonándome a mí mismo. Sé que sólo un acto de amor pacífica, sana y libera, incluso al ego-mente. De hecho, todo se sana en la vida, sólo por vía de amor y compasión. He aprendido que el perdón requiere un acto de comprensión, entendido como observar la removida del ego, desde la Presencia. Esta visión no es rápida, requiere entrenamiento.

Así pues, he tomado conciencia de dónde surgía el malestar del ego y el patrón de conducta con el que manifestaba su malestar. La repetición de este ejercicio se me está convirtiendo en la actitud que me facilita comprender enseguida cuál es el núcleo del problema: por decirlo de forma genérica, el ego tiene miedo de perder sus posicionamientos. A fuerza de observar el miedo, voy comprendiendo cuál es la red en la que el ego me tiene atrapado.

Cuanto más intensa es la identificación con el ego, más fuerte es el miedo. Comprendo que siempre se trata de miedo a una pérdida. Comprendo también que tengo miedo a perder seguridades, que al final son falsas porque se apoyan en el ego. Es el momento de completar el ejercicio acogiendo y sosteniendo la sensación de miedo a la pérdida. En este punto me abro al SER y le entrego, repetidamente, la sensación de miedo que trato de sostener.

Por experiencia puedo asegurar que a un cierto momento una paz serena y humilde, disuelve el miedo. A un cierto punto, la certeza de estar en la Presencia del SER, la experimento como luz interior que permite a mi libre albedrío elegir el amor. Con cada nuevo ejercicio, el miedo cede espacio al SER, a pesar de la resistencia del ego. El amor del SER, lo entiendo, sin lugar a dudas, como compasión por mí mismo, amor hacia quien ha hecho el comentario, y amor inmensamente agradecido a la Presencia de Dios.

La voz del silencio.

 

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