LA VOZ DEL SILENCIO

4 – ERES CONCIENCIA DISFRAZADA DE PERSONA, EXPERIMENTA LA PRESENCIA DEL SER Y DEL AMOR DE DIOS

A medida que experimento el SER, por pequeña y humilde que sea la experiencia, cada vez es más fuerte la convicción de que no es obra de la mente. Y si no es obra de la mente, ¿cómo se experimenta el SER?

Es un estado de conciencia luminosa, profundo, insondable que la mente no es capaz ni de producir, ni de medir. Es un estado de conciencia que surge de la Presencia del divino dentro, que la propia Presencia aprovecha para manifestarse y hacerse presente cuando las condiciones son favorables. ¿Cuándo son favorables? Cuando no hay un ego exacerbado que ahoga todo impulso del SER. El instante más favorable es cuando el ego-mente calla, cuando deja de parlotear y entra en un estado de silencio. Sin este estado, los pensamientos, las emociones, las sensaciones inundan la conciencia, se colocan en el primer plano y no dejan espacio a la Presencia. La necesidad de ocupar todo el espacio interior surge del ego-mente. El ego exacerbado quiere todo el espacio para él, mientras deja la Presencia del SER bajo capas de mentalizaciones, la silencia con un continuo parloteo mental, en el que, pensamientos, sentimientos y sensaciones, cada uno por su cuenta, lucha por imponer su percepción del mundo, de la vida y de cada situación concreta. Toda esta actividad mental la podemos reconocer en todo lo que nos preocupa, enyesa, nos quita la paz y nos hace sufrir.

En estos momentos me doy de cómo cuesta silenciar la mente. Reconozco que no estoy entrenado y me pregunto:

• Es así como quiero reconocer la Presencia en mí?

Entonces me doy cuenta que el ego-mente tiene miedo del silencio; me doy cuenta que lo percibe como un vacío y reconozco que temo el silencio porque tengo miedo del vacío. Y continúo:

• ¿Cómo puedo silenciar el ego-mente si temo el vacío?

Y me doy cuenta que tengo poca experiencia de la quietud que se experimenta cuando se calma la mente. Me doy cuenta que confundo vacío con quietud.

• Como experimento quietud?

Observo la actividad de la mente. Con qué se ocupa, qué le preocupa. Observo la actividad mental de este instante. Dejo que desfilen pensamientos, sentimientos, sensaciones. Que desfilen, que vayan pasando. Los miro, los respiro y los dejó desfilar. Tomo conciencia de soltarlos.

Me doy cuenta que yo soy una conciencia capaz de ser consciente de lo que observo y suelto. Me doy cuenta que soy una conciencia disfrazada de persona. Mi disfraz de persona es todo lo que conozco de mí. ¿Si me pregunto “quién soy yo”? me vienen respuestas del disfraz que creo que soy. Pero sólo son respuestas del disfraz. En realidad, sólo conozco el disfraz. En realidad, no me conozco. Entre el disfraz de persona que creo ser, y la conciencia profunda que verdaderamente soy, se interponen muchas capas de experiencias dolorosas, creencias, percepciones, posicionamientos. Todas estas capas son ego-mente.

Puedo hacerme la pregunta “¿quién soy yo” desde el nivel de conciencia del SER.

En este punto me doy cuenta que el ego-mente identifica la Presencia del SER como el gran desconocido, como el no manifestado embargo, lo percibe y lo interpreta con miedo a no-ser. Y continúo:

¿Cómo puedo hacer consciente la Presencia en mí, si la identifico con no-ser?

Y me doy cuenta que identifico la Presencia como un no-ser vacío, porque no tengo experiencia.

Y hago consciente de que este miedo es pura vanidad del ego-mente. Y tomo conciencia de que mientras no tengo experiencia de la Presencia de lo divino, la identifico como un concepto que no me dice nada o muy poco. Y mientras para mí sólo es un concepto, la Presencia del SER dentro de mí, es una vanidad más del ego-mente, que engorda su preciado programa “yo sé”.

Pero si tomo conciencia de la vanidad de este “yo sé”, puedo empezar a darme cuenta de que este “yo sé” es uno de tantos disfraces del ego-mente. Y puedo darme cuenta de que, como todos los demás disfraces, yo no soy ningún disfraz. Tomo conciencia de que cada disfraz me separa de la Presencia del SER que soy. Descubro que cuando el ego-mente se disfraza de “yo sé”, en realidad tiene más miedo a “no ser” que a “no saber”.

Descubro que el miedo a “no-ser”, es el motor que mueve toda la dinámica mental del ego-mente. Ahora me doy cuenta que tengo la posibilidad de observar el miedo a “no ser” detrás de toda la actividad mental. Por eso me pregunto: Todas las desazones, insatisfacciones, angustias, preocupaciones pequeñas o grandes que experimento al día a día, me informan sobre las carencias de mi ego-mente. Todas las carencias nacen de un sustrato profundo: el miedo a “no ser”. Y todos los esfuerzos, ilusiones, deseos, expectativas pequeñas o grandes del día a día, tratan de llenar la necesidad de ser. Y es muy habitual en la experiencia humana que el espacio entre el “no ser” y la búsqueda por “ser”, se llena de frustraciones. Esto hace que me pregunte:

• ¿Quién trata de llenar el espacio entre mí “no ser” y el deseo de “ser”?

Y detrás de cada frustración, desilusión, fracaso, descubro disfraces del ego-mente. Del mismo modo, tras las experiencias de paz, serenidad, amor, compasión, descubro una conciencia mucho más profunda: la Presencia del SER. Ahora sé que la Presencia es Amor de Dios. Modestamente reconozco que he tenido pequeñas experiencias de paz y de liberación indescriptible.

Pido que la conciencia de la Presencia se consolide. Y me responde que la Presencia del Amor de Dios es siempre he ininterrumpidamente presenta. el punto de conexión es la actitud humilde y desprendida de rendimiento total del “yo sé” a la Presencia. Esta rendición abre la puerta a la Presencia del Amor de Dios. Y una vez ante la Presencia, la rendición debe ser total y completa entrega de todos los patrones de conducta, de todos los posicionamientos del ego-mente, de cada uno de sus campos de energía.

Con humildad y pacientemente voy vaciando el programa “yo sé” de todos los contenidos de vergüenza, culpa, miedo, sufrimiento, afecciones, ira, orgullo, que configuran este programa.

Y cada manifestación del programa, la entrego inmediatamente sin demora, con la convicción de que la oración “yo por mí mismo no sé nada, sólo tuyo es el poder y la gloria” es un truco en la puerta del Amor de Dios. Y la Presencia siempre responde.

• ¿Por qué me voy de la Presencia y siento que me pierdo de nuevo en el ego-mente?

La madurez del estudiante espiritual tiene mucho que ver. El día a día está lleno de oportunidades. Sé que depende de mí aprovecharlas. La confianza de sentirse absolutamente estimado, acogido, querido, sostenido y acompañado por el Amor de la Presencia, es indispensable compañera de camino, así como también los testimonios de aquellas personas que han hecho el camino antes que nosotros. Necesitamos estos testigos. Uno de estos afirma: “Tenemos necesidad de sentirnos mirados y amados por Dios. Y saber que cada una de nuestras oraciones de ofrecimiento o agradecimiento, cada palabra dicha siguiendo su voz, cada movimiento, cada evento (…) triste, alegre o indiferente, cada enfermedad, todo, todo, todo, desde de las cosas que nosotros consideramos importantes a las más pequeñas acciones, o pensamientos, o sentimientos, todo es mirado por Dios, que nos conforta, hace que nos sentimos acompañados, aunque estemos solos, y acompañados, sobre todo, por aquella Único Padre que verdaderamente nos importa “(Lubich Diario, Rocca di Papa, 13, 1. 1979).

La desconfianza es la ceguera del ego-mente. ¿Cómo puede ser consciente de su propia ceguera? En el ojo humano le es imposible verse a sí mismo.

La mente tiene que recuperar la inocencia innata del niño de la que habla Jesús: “Si no os hacéis como los niños, no entenderéis nada del Reino de los cielos”. (Parafraseando a Jesús).

La inocencia de la mente que Jesús propone es la del niño evangélico: “Este niño confía plenamente en la Presencia, se abandona totalmente a ella, seguro de que todo lo que acontece es querido por Dios, o permitido por Dios, para su bien. Imita el Padre y, para que el Padre “ama porque es Amor”, también él, como hijo suyo, estima, hasta el punto de poder definirse exhaustivamente como aquel “que ama”. Vive la vida terrena sumergido en el Padre (…) No sólo ve los acontecimientos en su sucesión externa, sino que “sabe penetrar en el amor” y capta el entramado de la acción del Padre en el fondo de todas las cosas; se maravilla y se sorprende por las intervenciones del Padre, por la providencia oportuna y concreta; es feliz e inocente porque está protegido por el amor; está después de las cosas y de la vida. (Chi. Il bambino evangélico. Città Nuova 23 (1990), pgs. 8-9)

La voz del silencio

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