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CELEBRAR LOS BUENOS MOMENTOS DE LA VIDA 1.1

¿CÓMO SE PUEDE AYUDAR?

Ante todo, a estas personas no hay que desearles que conozcan ningún horror. Siempre habrá alguna lengua afilada que sostenga que más de uno debería pasarlo mal para «volver a la realidad», pero ninguna esperanza terapéutica debe basarse en ningún tipo de «prescripción del dolor». Las desgracias como revulsivo son efectivas ÚNICA Y EXCLUSIVAMENTE CUANDO ES LA VIDA QUIEN LAS «RECETA», y no nos corresponde a nosotros, los profesionales de la salud, prescribir «medicamentos» tan drásticos. Nuestra voluntad y deber no es desear a nadie un destino terrible. Sin embargo, aplicamos un truco consistente en que el paciente tome conciencia hipotética de un destino terrible que, por su propia experiencia, le es ajeno. Como éste es un método MÁS EFECTIVO para «recuperar la felicidad», explicaremos su funcionamiento y recomendamos su utilización.

La hipótesis se refiere a lo que podría o habría podido ser si se hubieran dado otras circunstancias. Así, si es cierto que entre los hechos positivos y la felicidad existe, como hemos indicado, una escasa correlación, pero entre los hechos negativos y el dolor reina una intensa unión, entonces (he aquí el truco) hay que suscitar en la persona una revisión de; unos hipotéticos hechos negativos que podrían o habrían podido ser una hipótesis ajustada de dolor en su fantasía del cual, en realidad, se ha librado. Esta tesis se ha comprobado y confirmado en su aplicación práctica. Siempre que un destino halagüeño se da erróneamente por hecho y no se aprecia adecuadamente, esta apreciación se puede regenerar mediante el conocimiento hipotético de un destino contrario, o sea, desgraciado. La mera percepción del contraste entre lo hipotético y lo real (prefiriendo siempre lo real, por supuesto) descubre el valor de lo real, que, de repente, YA NO SE DARÁ NUNCA MÁS POR HECHO.

El conocimiento hipotético del destino negativo se produce en un estado de relajación; por ejemplo estirado en una cama, con los ojos cerrados y en escenario irreal (imaginario) de la vida de cada uno.

Para prevenir posibles situaciones de angustia, es preferible trasladar este escenario al pasado de cada uno, del cual ya sabemos que ha sido distinto al imaginado, o sea, favorable. No estamos imaginando el futuro, sino un pasado que no ha tenido lugar o que, en cualquier caso, también habría podido suceder.

SOBRE EL EJEMPLO N° 1

En la sesión de orientación instruí a Angelika para que se dejara llevar por el siguiente pensamiento: no tiene 27 años, sino 22. Su hijo ya ha nacido, pero su hija todavía no. Ayer llevó al niño, de 1 año, a una revisión médica rutinaria y le dijeron que padecía un defecto cardíaco congénito que ponía en peligro su vida. Cabía la posibilidad de realizar una intervención complicada, pero sin garantías de éxito. Ayer por la noche, traumatizada por lo sucedido, quiso hablar con su esposo, pero él se mostró un poco brusco. Ella había deseado tener un hijo y no él, por lo tanto, ella debe tomar la decisión. Además, él no está dispuesto a invertir mucho dinero en una operación de resultados tan inciertos.

Propuse a Angelika que se imaginase que en ese momento iba paseando por una larga y solitaria senda, empujando el cochecito de bebé con su hijo, reflexionando. ¿Qué veía ella en este escenario hipotético de su vida? ¿Qué le ocurría?

La actitud inicial de mi paciente fue la «rebelión». Por supuesto que quería operar a su hijo, y para ello no necesitaba a ningún hombre que le dijese lo que había que hacer. Pero se fue apaciguando poco a poco. Sin embargo, le tendría que pedir a su marido el dinero necesario. Con un bebé enfermo en casa, los recursos económicos no tardarían en escasear… He aquí un fragmento de su relato imaginado:

Camino lentamente. La senda parece inacabable, como si no llevase a ninguna parte. Cuando veo a mi hijo pataleando alegremente en su cochecito, sin sospechar nada, me invade el impulso de cogerlo y apretarlo contra mi pecho, cada vez más fuerte, como si con este gesto pudiera protegerlo de la desgracia que le ha tocado. Sí, lo cojo y me siento con él a la sombra de un árbol en el margen del bosque. Dios mío, hace un calor sofocante. El sudor me gotea de la frente a los ojos. El niño está tan quieto… ¿No será que su cuerpecito empieza a debilitarse? ¿O, simplemente, percibe mis sentimientos? No, está dormido, y yo también estoy cansada. No puedo pensar más, estoy dando vueltas sobre lo mismo. Quisiera dormir, desconectar, quedarme tendida con mi hijo en brazos debajo de este árbol…

Tres semanas después, Angelika me explicó que la escena del árbol en la linde del bosque se había hecho realidad. En una excursión de fin de semana con la familia, el hijo mayor se había cansado tanto de ir en bicicleta que se quedó dormido con la cabeza apoyada en su regazo, mientras el marido jugaba a la pelota con la hija. Contemplando la carita de su hijo apaciblemente dormido, le vinieron a la mente las imágenes que habíamos evocado en nuestra última conversación y le invadió una sensación cálida que nunca antes había sentido. La describió como un «anhelo de quedarse allí»: allí, con sus dos hijos sanos y su marido, profundamente unida a su familia. ¡Anhelo de quedarse en vez de deseos de huir! El agradecimiento por un destino positivo había surtido efecto.

SOBRE EL EJEMPLO N° 2

A Hermann, en un estado de relajación, le dije que se remontara a la edad de 22 años y que se imaginara que en ese momento ha estallado una guerra en un país de la OTAN y que él está a la espera de recibir la orden de incorporación a filas. Hermann sabe que no puede librarse del servicio militar porque el estado de emergencia que jamás habría imaginado que se produciría se ha declarado finalmente. No hay solución política posible. Hermann está de camino a casa de sus padres, profundamente afectados. Deambula por una calle comercial para comprarles un «regalo de despedida». ¿Qué ve? ¿Qué sensaciones tiene? ¿Qué le ocurre?

Al principio, Hermann reaccionó con la misma rebeldía que Angelika. «¿Qué me importa a mí esta mierda de guerra? —espetó—. ¡Que se busquen a otro para hacer de carne de cañón!» Esta explosión de sentimientos también remitió con relativa rapidez. Pensó que desertar no sería nada fácil, que habría que salir a escondidas del país, pero en tiempos de guerra los controles son constantes. Además, sin los ingresos económicos de tu país, poco puedes hacer en el extranjero. ¿Y los estudios interrumpidos? Los padres se llevarán una gran decepción. ¿A qué viene entonces ese regalo de despedida? He aquí un extracto de la fantasía de Hermann:

Estoy con la mirada perdida en un escaparate, pero no veo nada. ¿Debo enrolarme? ¿Debo ir a la guerra? Quizá vuelvo como un héroe. Quizá no vuelvo. Pero ¿por qué luchar? ¿Por la posibilidad de un dudoso heroísmo? Lo que sí sé es que no soy ningún héroe. Entonces, ¿qué soy? ¿Quién soy yo? No puedo caer hasta que no haya descubierto quién soy.

Cuando Hermann se despidió de mí al finalizar la sesión, lo noté muy afectado. El destino hipotético negativo hizo mella en él, lo cual me hizo pensar si no había sido demasiado dura. Sin embargo, en la siguiente sesión me sorprendió al comunicarme que se había matriculado en el instituto científico que le había recomendado su profesor. Iba a realizar las prácticas incluso antes de lo previsto. « ¿A qué tanta prisa?», le pregunté, curioso. «He vuelto a descubrir la política como objeto de mis estudios —respondió con seriedad—, y me gustaría acabar mi licenciatura lo antes posible. Desde hace poco me ronda la idea de solicitar el ingreso en la ONU en el futuro. Trabajar allí sería muy estimulante y me permitiría combinar los deseos de viajar con mi carrera política.» Me llamó la atención que hablase de la ONU. ¿Tendría algo que ver la idea de que sólo una buena política puede evitar los enfrentamientos militares con el hecho de haber vivido un alistamiento hipotético en el ejército? Sea como fuere, Hermann estaba dispuesto a descubrir quién era y quién podía llegar a ser.

SOBRE EL EJEMPLO N° 3

En el caso de Wolfgang fue más difícil desarrollar una instrucción adecuada. Era de prever que prácticamente todos los destinos negativos imaginados avivaran su tendencia suicida. Necesitábamos un destino funesto con carácter de desafío ante el cual mi paciente no se limitase a capitular. Escogí para ello un instante situado al principio de su carrera médica, unos dieciocho años atrás, y le pedí que imaginase que había cometido un error. Una paciente a la que él le ha recetado un medicamento muere por intolerancia a su principio activo. El fallecimiento podría haberse evitado con una analítica previa. A raíz de la investigación judicial, a Wolfgang le clausuran la consulta, lo inhabilitan como médico y tiene que hacer frente a un desagradable proceso. Le dije que se imaginase en casa, sentado en su escritorio, elaborando una estrategia de defensa, aunque sabe que, a pesar de tener algunos factores a su favor, la culpa sigue siendo suya. ¿Qué le pasa por la mente, a solas frente a su escritorio?

Wolfgang no se rebeló. Se quedó inmóvil durante un buen rato. Cuando por fin habló, lo hizo con la voz ronca. Cargar en su conciencia con este peso y esta vergüenza, dijo, era lo más horroroso que le podía pasar. Cualquier intento de calumniar a su persona no habría dado resultado. Pensándolo bien, absolutamente nadie podría desprestigiarlo justamente. Pero un error médico propio con desenlace mortal era un peso insoportable. No podía vivir ni morir con ello, como un fracaso de la medicina. « ¿Qué ve ahora? », le pregunté para ahondar más en su imaginación. Para mi sorpresa, me respondió lo siguiente:

Me veo haciendo una promesa. Prometo solemnemente que, si me dejan continuar mi carrera, seré un médico meticuloso y trataré a mis pacientes con mucho cuidado. Nunca más cometeré un fallo como ése.

Después de devolver a Wolfgang al presente no pude evitar preguntarle si alguna vez había cometido un error tan grave en la vida real. El hombre esbozó una sonrisa, y fue la primera vez que le vi hacerlo. «No, que yo sepa —respondió—. La promesa que acabo de realizar la mantengo desde hace dos décadas.» «¡Le felicito!», exclamé espontáneamente. «Sí —asintió Wolfgang, todavía sonriendo—, supongo que yo también puedo felicitarme por ello.» Entonces, para retomar el hilo, añadí: «Conforme se vaya haciendo mayor, más tiempo mantendrá su promesa, más tiempo será un médico meticuloso y más motivos tendrá para felicitarse por su vida». Parecía como si la sonrisa le pasara de los labios a lo más profundo del alma… «Este pensamiento me ayuda enormemente», me confió Wolfgang al despedirse; el mismo Wolfgang que al inicio de la sesión había dicho que el envejecimiento y la pérdida de las funciones corporales y psíquicas le asustaban tanto que prefería estar muerto.

Dejemos a Angelika, Hermann y Wolfgang con la esperanza de que «poco a poco, y sólo así, hayan iniciado una nueva vida y se hayan convertido de nuevo en seres humanos», como dice el texto de Frankl, y, a modo de resumen, miremos cara a cara la realidad: los destinos positivos no se pueden pedir ni reclamar, sino que son una bendición totalmente inmerecida, como la que la escritora Zenta Maurina describió en una ocasión:

Hay momentos brillantes que iluminan toda la vida, oasis que sacian la sed de largas caminatas por el desierto. Quien los olvida, no merecía haberlos encontrado ni los volverá a encontrar nunca más.

Es extraño: la sed saciada se olvida. La olvida quien la ha saciado. Es más: tan pronto como hemos conseguido lo que queríamos, lo desearemos mucho menos que antes de tenerlo. Un famoso saltador de esquí que había sufrido un grave accidente con visos de provocarle una hemiplejia declaró ante un periodista: «¡Mi único deseo es volver a andar!». Medio año después, tras su completa rehabilitación, manifestó en una entrevista: «Me gustaría subir al podio la próxima temporada». No dijo: «Estoy inmensamente feliz de volver a andar». El olvido del agradecimiento es inherente a nosotros. Constantemente corremos el peligro de imitar a la señora que en el desayuno comenta a su marido: «Egon, hoy podríamos por fin ir a recoger las fotos de las vacaciones. ¡Estoy tan impaciente por ver todos los sitios a los que fuimos!». Olvida que después de nuestras vidas no habrá ningún pase fotográfico de nuestros momentos alegres y estelares. Alegrémonos, pues, cuando y donde tengamos motivos para hacerlo. Gocemos como las alondras en el cielo, que si hoy son felices, es porque no se afligen por el ayer ni se entristecen por el mañana.

En el gremio de la psicología reina un miedo extraordinario a pintar las cosas color de rosa. El principal mandamiento consiste en destapar sin florituras el dolor reprimido para evitar daños neuróticos. No está mal, pero no es suficiente. Estoy convencida de que también hay que tener miedo a «pintar las cosas de negro» y así evitar que se oculten esas facetas brillantes de nuestra vida que fulgen como diamantes en la rutina del ajetreo cotidiano y que, en caso de ignorarlas, lo lamentaríamos eternamente.

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