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CELEBRAR LOS BUENOS MOMENTOS DE LA VIDA 1

Albert Schweitzer escribió el siguiente aforismo: «Muchas personas saben que son infelices, pero muchas más no saben que son felices».

Albert Schweitzer

Uno de los cometidos de la psicoterapia es ocuparse de que las personas sean menos infelices. Retomando las palabras de Schweitzer, podríamos decir que la «tarea secundaria» (y no por ello menos fascinante) de la psicoterapia es ayudar a las personas felices a darse cuenta de que son felices. Por sorprendente que parezca, este cometido secundario entraña más complicaciones que el principal. Y es que, en la práctica, es más fácil aliviar la infelicidad de diez desdichados (por ejemplo, demostrando un interés sincero por su situación) que hacerle comprender a una persona feliz lo bien que le va.

Ello se debe a que si bien hay hechos objetivos que a menudo son la causa de experiencias dolorosas, éstos tienen que ver sorprendentemente poco con la sensación subjetiva de felicidad. Entre los hechos agradables y el entusiasmo psíquico no existe la conexión paralela que tendría que establecerse. Las circunstancias positivas y la felicidad no forman esa parejita feliz que la lógica quisiera. Ni siquiera la ausencia de hechos desagradables, por un lado, y la sensación de felicidad, por el otro, van de la mano, a pesar de que Viktor Frankl, recordando sus fructíferos años en el campo de concentración, concluyera que «la felicidad es aquello de lo que nos libramos».’ Quien no es consciente de todo lo malo de lo que se ha librado en su vida no entenderá esta definición.

A continuación exponemos tres casos de ex pacientes míos cuya única desgracia era que eran felices.

EJEMPLO N° 1

La primera paciente es Angelika. ¿Qué circunstancias confluyeron para formar el rompecabezas de su vida?

Angelika tenía 27 años y gozaba de buena salud. Estaba casada desde los 20 y tenía dos hijos, niño y niña, de 6 y 4 años. Tanto el matrimonio como el nacimiento de los niños habían sido deseados por ella. El marido tenía un empleo fijo con un buen sueldo; era un hombre honesto y fiel. La familia vivía en una casa tradicional restaurada, con jardín delantero, situada en una zona rural, también por deseo expreso de la mujer, que era de origen campesino En el garaje tenían dos coches, con lo cual Angelika disponía durante todo el día de un medio de locomoción cuando su marido se iba con su automóvil al trabajo. El hijo mayor iba por las mañanas a la guardería y la pequeña seguiría sus pasos en pocos meses. Por ello, Angelika, que era asistente de odontología, tenía previsto trabajar tres tardes a la semana en la consulta del dentista local y, así, «tratar más con la gente». Además, de vez en cuando también tenía la posibilidad de dejar a sus hijos con los abuelos y así poder practicar su pasión durante un par de horas: la equitación.

Hasta aquí los hechos objetivos. Veamos ahora el estado mental de la joven cuando la conocí.

Era agresiva, refunfuñona, irritable e insatisfecha. A los abuelos, sus suegros, les recriminaba por no aceptarla tal como era. Al esposo le reprochaba que no la ayudara lo suficiente en las tareas domésticas. Por las tardes, cuando él echaba casualmente un vistazo a la lavadora y veía que todavía quedaba colada por tender, ella se enfurecía y le lanzaba la ropa húmeda a los pies. A los hijos les regañaba porque no la dejaban en paz ni un minuto. Se pasaban el día agarrados a ella y la dejaban extenuada. Angelika se quejaba de su agotamiento, de su desánimo, de su desbordamiento, de su aversión a las obligaciones del hogar y de la enorme sensación que tenía de estar desperdiciando su vida. Prefería irse muy lejos y no volver nunca. En cada paseo a caballo le invadía un anhelo de huida desenfrenada. De noche, soñaba medio despierta con aventureros desconocidos que la deseaban y la raptaban para emprender un viaje sin retorno.

EJEMPLO N° 2

La situación del segundo paciente, llamado Hermann, no era mucho mejor. Veamos primero los hechos que caracterizaban su vida. Tenía 25 años y gozaba de buena salud. Con sus padres había mantenido siempre una buena relación. Sabía que podía conseguir de ellos lo que quisiera. Dos años antes le habían pagado un viaje a Extremo Oriente y el año anterior le habían financiado unas vacaciones mochileras por Estados Unidos. Incluso le habían pagado una casa. Hermann todavía estudiaba, aunque ya había hecho todos los exámenes de su carrera. Solamente le faltaba redactar una memoria de diplomatura sobre un tema político que él mismo había escogido. Con el fin de recopilar el material necesario para escribir la memoria, su tutor le había propuesto realizar unas prácticas en un instituto científico y le había allanado el camino para matricularse en él. Antes de comenzar las prácticas, sus amigos le habían invitado a una regata en el mar Báltico; uno de ellos tenía un velero y quería iniciar a Hermann en el arte de la vela. Por ello, el padre había dejado caer el comentario de que, si a Hermann le gustaba ese deporte, podría contar con su propio velero cuando obtuviera la diplomatura.

Hasta aquí los hechos objetivos, que en modo alguno se correspondían con el estado de ánimo de mi paciente.

Hermann era intranquilo, nervioso, indeciso, apático y vago. Tanto el aprendizaje de la vela como las prácticas en el instituto científico no le atraían lo más mínimo. Escribir el trabajo de diplomatura le parecía poco menos que una pesadilla. La política, especialización que él ha bía escogido, le aburría y no se imaginaba un futuro profesional relacionado con ella. Tampoco tenía ganas de viajar por el mundo, y los padres, con todas sus atenciones y cuidados, le «importaban un bledo». Se pasaba horas y horas tendido en la cama, tenía la casa totalmente descuidada y ofendía torpemente a sus amigos. Por las noches iba a discotecas, se sentaba en las mesas de los bares y hablaba con chicas para proponerles contactos esporádicos. Huía pavoroso de cualquier vínculo, le horrorizaba el compromiso y estaba estancado en la provisionalidad.

EJEMPLO N° 3

Para no dar la falsa impresión de que solamente los individuos jóvenes son propensos a tan extrañas «ausencias de felicidad», pasemos a la descripción del tercer paciente: Wolfgang. Tenía 47 años y era médico internista con consulta propia. Su despacho estaba situado en una selecta zona residencial de una gran ciudad y no le faltaban clientes. Las relaciones familiares de Wolfgang eran ordenadas. Su esposa era una compañera tranquila y agradable, también profesional, que siempre hacía la vista gorda cuando él, después de haber hecho horas extras, llegaba a casa y ella le dispensaba un recibimiento amistoso. El hijo, de 18 años, era bastante independiente y trabajaba en un banco. El padre de Wolfgang todavía vivía; tenía 70 años, gozaba de una salud envidiable y no significaba ninguna carga para los demás. Dado que a ningún miembro de la familia le gustaba vivir con grandes lujos, tenían mucho dinero ahorrado. Ello permitía a Wolfgang buscarse alguna suplencia temporal en la consulta para practicar una antigua afición: las excavaciones arqueológicas. De hecho, en su juventud había dudado un tiempo entre la medicina y la arqueología, hasta que, finalmente, se decantó por la profesión médica, más rentable. Ahora podía combinar ambas disciplinas.

Hasta aquí los hechos objetivos del paciente, a los que contrapondremos a continuación su vida interior.

Wolfgang albergaba ideas de suicidio. Desde los 12 años acudía regularmente a sesiones de terapia de grupo sin que su calidad de vida se viese beneficiada, pero tenía miedo de dejarlas. Su problema central era no poder superar un supuesto sentimiento de «perdedor». Según él, los pacientes que trataba no le apreciaban lo suficiente, los miembros de su familia no le querían lo suficiente, su padre no hablaba con él lo suficiente y nadie se interesaba lo suficiente por sus deseos y por sus necesidades. Decía que no tenía apetito sexual, que su sentimiento de masculinidad andaba en horas bajas, que su capacidad de disfrutar estaba limitada y que no merecía la pena vivir de esa manera. La visión de la cercanía de la vejez y de unas funciones psíquicas y corporales en constante recesión le aterraba profundamente. Prefería tirar por la borda esa vida tan infeliz.

Éstos son Angelika, Hermann y Wolfgang. Quien piense que se trata de casos excepcionales, se equivoca. Estas personas fueron tres de los ocho pacientes nuevos que en una misma semana acudieron a mi consulta para recibir orientación y ayuda. Antes de saber si se les pudo orientar o ayudar, permítame el lector dar un pequeño rodeo por la búsqueda de las profundas raíces en las que descansan los males anteriormente descritos. ¿Qué aporta la literatura psicológica al respecto?

Resulta curioso que apenas existan estudios empíricos acerca del fenómeno del agradecimiento. Las universidades no han caído en el hecho de que se trata de un fenómeno irrenunciable que mantiene presente en la conciencia la trágica estructura de la existencia (y no sólo de la existencia humana). Paulatinamente, en las sociedades modernas se ha ido desarrollando una especie de engaño de la conciencia. Entretanto, las enfermedades, los accidentes, el sufrimiento y la muerte se consideran «alteraciones graves del funcionamiento» contra las que el ser humano puede sublevarse debidamente cuando se producen. La consecuencia de ello es que una enorme cantidad de personas que se hallan en el lado bueno de la vida no saben realmente que sus circunstancias son «buenas». Por consiguiente, no existe para ellas ningún motivo para alegrarse ni para sentirse agradecidas y felices. Para estas personas, toda la indulgencia que llena sus vidas es algo que dan por supuesto, que no merece comentarios ni emociones. Simplemente, es como debe ser, y CUANDO LAS COSAS SON COMO SON, LA VIDA PIERDE TODA SU GRACIA Y SU SABOR.

La psicología se fijó en ello. Ante los casos de «disposición de ánimo débil» surgieron de la nada todo tipo de hipótesis. Según ellas, en el caso de Angelika, casada y con hijos a una edad relativamente temprana, podría haberse dado un agravamiento de la necesidad insatisfecha de recuperar la voluntad de disfrutar plenamente de la juventud. En cuanto a Hermann, incapaz de identificarse con el tema de su trabajo de diplomatura y el cada vez más cercano destino laboral en la política, podría haber caído en una crisis de identidad. Finalmente, Wolfgang, en el apogeo de una carrera estresante y cansado de su monótona vida familiar, padecería abiertamente la clásica crisis de la mediana edad. Sin embargo, ¿basta este tipo de explicaciones para justificar el enorme abismo que existe entre los hechos absolutamente positivos en las vidas de estas tres personas y el estado estremecedoramente negativo de sus psiques? No podemos evitar sentirnos escépticos al respecto. ¿Por qué lo sano e intacto que ya se tiene no repercute curativamente en la necesidad de recuperación de la juventud, en la crisis de identidad o en la crisis de la mediana edad? Es como si no quedase absolutamente nada intacto, ni en las teorías de los tratados psicológicos, ni en la conciencia de los afectados…

Hojeemos ahora los escritos de Frankl, concretamente ese informe de su experiencia personal en el que definió la felicidad como «aquello de lo que nos libramos». ¿Hay algún párrafo en el que se hable del agradecimiento? Sí lo hay, en un capítulo titulado «Tras la liberación del campo de concentración». Al leerlo, nos viene inevitablemente a la cabeza el «trastorno de estrés postraumático» (TEPT) del que hoy tanto se habla y se diagnostica en casos de supervivientes de accidentes de aviación o catástrofes naturales y en todas las personas que han sufrido un shock fuerte o una fase de estrés profundo y son incapaces de volver a la vida normal. ¿Esconderá este párrafo la solución para superar el TEPT? Veamos lo que dice:

Entonces, a los pocos días de la liberación, sales una mañana al exterior, a campo abierto, recorres kilómetros de llanuras floridas y llegas a una aldea cercana al campo de concentración. Las alondras remontan el vuelo, planean en las alturas y escuchas cómo resuena su himno y su júbilo en el aire libre. No se divisa un alma alrededor, solamente la inmensidad de la Tierra y el Cielo, la exaltación de las alondras y el espacio abierto. Entonces, interrumpes la entrada en este espacio abierto, te detienes, miras a los lados, miras arriba y te desplomas de rodillas. En este instante no recuerdas nada de ti ni del mundo, solamente escuchas una frase, siempre la misma: «DESDE LA PENURIA CLAMÉ AL SEÑOR Y ÉL ME HA RESPONDIDO EN LA LIBERTAD». ¿Cuánto tiempo estuviste allí de rodillas, cuántas veces repetiste esta frase? No consigues recordarlo… Pero te acuerdas de ese día y de que en aquel momento empezó tu nueva vida. Poco a poco, sólo así, inicias una nueva vida y te conviertes de nuevo en un ser humano?

Retomemos los casos de Angelika, Hermann y Wolfgang teniendo presente el párrafo anterior. Imaginemos a estas tres personas en un paseo a campo abierto. Imaginemos cómo escuchan atentamente el canto de las alondras, cómo abren sus corazones a la inmensidad que los rodea, cómo se detienen para mirar a su alrededor, como si se acabasen de despertar, y se arrodillan en señal de agradecimiento; y cómo, después de un período determinado que ya no recuerdan, inician una nueva vida, poco a poco, y se convierten de nuevo en seres humanos. ¿No es una imagen maravillosa? ¿No sería ésta su curación? Entonces, ¿qué se lo impide? Se lo impide, por macabro que parezca, el horror que no han vivido y, refiriéndonos al texto de Frankl, el campo de concentración en el que no han estado. Nunca han clamado desde la penuria, y por ello tampoco escuchan ninguna respuesta en el espacio libre.

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