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CÓMO SALIR DE LAS TRAMPAS 1.1

TRAMPA N°4

No son pocos los pacientes que justifican su vida inestable diciendo: «Lo hago todo para agradar a los demás y ganarme su reconocimiento. Probablemente, ello se debe a que mis padres sólo me aceptaban cuando demostraba mi valía».

Con esta declaración, el individuo despierta una compasión espontánea. «Pobre niño —piensan los demás instintivamente—, sus padres deberán estar cargando con un buen peso en sus conciencias.» No se puede decir que esta postura sea la correcta. En general, las declaraciones de los pacientes explican más sobre ellos que sobre el prójimo, así que la verdad objetiva histórica permanece de algún modo escondida. Además, la experiencia demuestra que las acusaciones se interpretan completamente al revés desde el punto de vista del acusado.

Una retirada de afecto, a no ser que realmente ya lo estuvieran haciendo. Pero como esto no era lo que él quería, cayó en el dilema de tener que captar aquella atención de la que era dependiente a base de formalidad, obediencia, buenas notas, etc. Cientos de niños en una situación parecida se habrían rebelado en algún momento u otro y habrían insistido en adecuarse a su propio ritmo de crecimiento… Pero el niño de nuestro ejemplo no lo hizo.

No es mi intención exculpar a los padres de sus propios pecados. La falta de afecto y el «amor condicional» son errores cardinales en la educación que no admiten ningún tipo de justificación. Sin embargo, a raíz de mis incontables conversaciones con adolescentes, puedo afirmar que el hijo también es capaz de controlar en parte la medida en que los errores cardinales paternos repercuten en él. Por ello, podemos afirmar que cuanto más dependiente se hace el niño, más manipulable es. Su debilidad alimenta la inseguridad de su clima educativo, como demostraremos con un sencillo ejemplo:

EJEMPLO HIPOTÉTICO

Supongamos que la persona X es dependiente de mis elogios. Mis alabanzas son como una droga para ella, lo que significa que puedo dirigirla a mi voluntad si quiero.

En cambio, lo que sí podemos deducir inequívocamente de la declaración de este paciente es una dependencia del reconocimiento y la aceptación. Una dependencia de la infancia. Ya de niño, el paciente «se vendió en cuerpo y alma» por una relación positiva. Si no se hubiese aplicado tanto para conseguirla, habría rehusado realizar precisamente alguna de las tareas exigidas (¿indebidamente?) y habría arriesgado a que sus padres lo castigaran con una retirada de afecto, a no ser que realmente ya lo estuvieran haciendo. Pero como esto no era lo que él quería, cayó en el dilema de tener que captar aquella atención de la que era dependiente a base de formalidad, obediencia, buenas notas, etc. Cientos de niños en una situación parecida se habrían rebelado en algún momento u otro y habrían insistido en adecuarse a su propio ritmo de crecimiento… Pero el niño de nuestro ejemplo no lo hizo.

No es mi intención exculpar a los padres de sus propios pecados. La falta de afecto y el «amor condicional» son errores cardinales en la educación que no admiten ningún tipo de justificación. Sin embargo, a raíz de mis incontables conversaciones con adolescentes, puedo afirmar que el hijo también es capaz de controlar en parte la medida en que los errores cardinales paternos repercuten en él. Por ello, podemos afirmar que cuanto más dependiente se hace el niño, más manipulable es. Su debilidad alimenta la inseguridad de su clima educativo, como demostraremos con un sencillo ejemplo:

 

EJEMPLO HIPOTÉTICO

Supongamos que la persona X es dependiente de mis elogios. Mis alabanzas son como una droga para ella, lo que significa que puedo dirigirla a mi voluntad. Si quiero que viva enemistada con su vecino, solamente tengo que alabarla en consecuencia para que, inmediatamente, se comporte mal con él. Como la persona X depende de mis elogios, se peleará cada vez más con su vecino. Es decir, yo puedo provocar una enemistad a voluntad, pero solamente porque hay una persona que, a cambio de mis elogios, está dispuesta a atacar a su vecino. En cambio, si la persona X renunciase a mis alabanzas y dejase en paz a su vecino, entonces yo no podría provocar ninguna enemistad.

El ejemplo demuestra que mi conducta fallida (la provocación de enemistades) fracasa estérilmente cuando no afecta a la debilidad interior de la persona X.

En la práctica psicoterapéutica tenemos que vérnoslas más con sujetos como la persona X que con sus (¿ex?) manipuladores. ¿Qué ayuda le podemos prestar? Compadecernos de ella sirve de bien poco. Tampoco conseguiremos liberar su mente interpretando que ha perdido el olfato para sus propios deseos y necesidades por culpa de un antiguo enganche a una valía que demostrar y a una aceptación paterna. Finalmente, la persona X solamente se adaptará si se deshace de su dependencia, es decir, si deja de permitir que la induzcan a cometer actos sin sentido, realizar esfuerzos absurdos o tener hábitos perjudiciales sólo por el aplauso de sus allegados más queridos, es decir, si deja de doblegarse al afán de obtener una reacción positiva de quienquiera que sea y, en vez de ello, hace lo razonable y lo correcto (es decir, lo que es defendible por sí mismo). Exactamente así es como hay que animar a estas personas.

Como vemos, quien quiera arrancar las raíces del mal deberá buscarlas en su propio jardín. Y quien ha tenido unos padres que le han recompensado única y exclusivamente por su valía deberá decidirse de una vez por todas por uno de los dos caminos: o bien perseguir la recompensa prometida en cada momento sin deshacerse del yugo de unas ilusiones ajenas, o bien RENDIR VOLUNTARIAMENTE PARA UNO MISMO SIN PREOCUPARSE POR LOS PREMIOS. Paradójicamente, el segundo camino es el más digno de recompensa, porque es el camino de la paz con uno mismo y con la familia. Quien de niño no tomó esta decisión, debería tomarla de adulto.

TRAMPA N°5

Vecina a la «trampa» número 4, tenemos una quinta que agudiza cualquier trauma y lo convierte en un verdadero drama. Salir airoso de ella es particularmente difícil. Por ello, es recomendable evitarla desde un principio.

Utilizamos el término «trauma» para referirnos a una herida psíquica de consideración. Al igual que las heridas orgánicas, los traumas suelen curar y cicatrizar con el tiempo. Cuando no se curan bien, son como lesiones a flor de piel que, en determinadas ocasiones, vuelven a doler y sangrar. En ese caso hay que hacer un gran esfuerzo para integrar de forma conciliadora el suceso padecido en el desarrollo propio y «decir sí a la vida a pesar de todo» (tal como reza el título del célebre libro de Frankl [… trotzdem Ja zum Leben sagen]). Si la integración fracasa, puede fraguarse el drama. La experiencia traumática sustrae al afectado una parte de su «presencia».

Una persona está «presente» cuando se entrega intelectualmente a algo o a alguien. Cuando habla, atiende al contenido de su discurso; cuando escucha, atiende a su interlocutor. Si cambia una rueda del coche, se centra en cambiar la rueda. Si nada en el mar, mantiene un determinado ritmo de brazadas; si la persona descansa, reina en ella la calma. Por lo menos, éste sería el escenario ideal para obtener los mejores resultados en cualquier actividad o inactividad.

Mucho más intensa, pero también más miserablemente viven los que nunca acaban de estar presentes. Hablan con alguien y, simultáneamente, divagan en otros pensamientos. Cambian una rueda de coche y se ven arrollados por sus preocupaciones. Mientras nadan, meditan sobre sucesos pasados o futuros, y cuando descansan, se atascan en cavilaciones. Constantemente están perdiendo una parte de su «presencia», es decir, están disponibles para sí mismos y para el mundo sólo parcialmente. Una parte interior de ellos, simplemente, «no está», y, por consiguiente, cometen errores. Lo que se emprende a medio gas, también acaba a medias.

El fenómeno de la «presencia» limitada tiene distintas causas. Una principal es, sin duda, la enorme lluvia de estímulos y la inundación de medios de comunicación de nuestra época, que se introducen incluso en las habitaciones de nuestros hijos y, en general, distraen las fuerzas en vez de reunirlas. Una segunda causa principal, en cambio, serían todas aquellas experiencias traumáticas que no se han integrado de forma conciliadora en la historia personal. ¿Por qué? Porque toda lesión tiende a desviar hacia ella la atención del herido. Es un proceso coherente, porque permite dar los pasos necesarios para su curación. Sin embargo, en el caso de las heridas psíquicas, esta tendencia puede degenerar en una ocupación total de los pensamientos y las sensaciones de la persona, lo cual dificulta el proceso de curación.

EJEMPLO

De buenas a primeras, un hombre comunica a su novia que quiere separarse e irse a vivir con otra. Ella se desespera porque se siente muy unida a él, pero también se siente sorprendida y rechazada. La despedida le duele amargamente.

¿Cómo evoluciona esta mujer? Durante meses no deja de pensar en la ruptura de la relación, lo cual es totalmente normal. «Reprimirse» bajo la excusa de que ese noviazgo no ha significado nada para ella sería un autoengaño infructuoso. No, la mujer pasará por un proceso de duelo, sentirá seguramente ira y decepción, y no dejará de preguntarse qué no ha funcionado. Nadie le podrá dar ninguna respuesta precisa.

Como hemos dicho, la mujer se mantendrá totalmente ocupada en su pérdida, y puede ocurrir que caiga en la «trampa n° 5», que acecha escondida bajo el manto de una depresión (reactiva). Una vez atrapada en la trampa, la mujer empezará a darle vueltas a su dolor, de la mañana a la noche, desde que se levanta y se cepilla los dientes, mientras realiza las tareas cotidianas y hasta la hora de la cena. Como si fueran una rosca, sus pensamientos girarán en torno a su antiguo novio, infiel, adorado, maldito, y en torno a una vida vacía sin él. Ella estará cada vez menos «presente» y su mente se estancará en el recuerdo color de rosa de la relación disfrutada o en el futuro gris de una soltería forzosa, pero su presencia intelectual no estará en la higiene bucal, ni en las tareas cotidianas, ni en la cena. La consecuencia de ello son días perdidos, cosas a medias, rutina constante y riesgos elevados de todo tipo (incluso para la salud). La falta de atención respecto al momento presente prepara un mal camino para un futuro que, en cualquier caso, se ve incierto. En lenguaje especializado, diagnosticaríamos aquí una «hiperreflexión del problema» (Frankl) en la que la mujer se ve atrapada.

Para escapar de este tipo de «trampas» se necesita la valentía suficiente para aceptar la marcha de la persona amada, pero ello no significa que haya que apartar el duelo. Todo tiene su tiempo. Los momentos de llorar por la pérdida son importantes. De la misma manera, los momentos de no llorar merecen ser vividos y organizados plenamente. De no ser así, supondrían una pérdida adicional.

Por duro que parezca, no hay que permitir que ningún trauma acapare más atención de la que merece, porque de lo contrario nos robaría tiempo, y el tiempo es un recurso irrecuperable. Por otro lado, el tiempo cura los traumas si éstos no han robado antes el tiempo, especialmente el presente de quien ha sufrido una experiencia traumática. Mientras la persona siga «presente», no la vencerá ni el peor de los pasados.

UN EJEMPLO DE SABIDURÍA ANCESTRAL:

Camino por la calle.

En la acera hay un agujero profundo.

Caigo en él.

Estoy perdido… No tengo esperanzas. No es culpa mía.

Tardo una eternidad en salir.

Camino por la misma calle.

En la acera hay un agujero profundo. Hago como que no lo veo.

Vuelvo a caer en él.

No puedo creer

que haya vuelto a caer.

Pero no es culpa mía.

Sigo tardando una eternidad en salir.

Camino por la misma calle.

En la acera hay un agujero profundo. Lo veo.

Vuelvo a caer en él… Por costumbre. Tengo los ojos abiertos.

Sé dónde estoy.

Es culpa mía.

Salgo inmediatamente.

Camino por la misma calle.

En la acera hay un agujero profundo. Lo rodeo.

Tomo otra calle.

SOGYAL RINPOCHE, El libro tibetano de los muertos.

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