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EL SOFTWEARE DEL MEGALÓMANO SE LLAMA “YO SÉ”

El peligro del "YO SÉ"

Hay un programa instalado en la mente humana que funciona como un softweare: es el programa “yo sé”.

Funciona perfectamente en la mente del megalómano y en la mente de los que se le parecen, si todavía saber que lo son.

El programa “yo sé” equivale a un softweare que crea la vanidad, el orgullo del ego que cree que sabe.

En realidad el ego-mente no sabe nada. Se encuentra en la más profunda carencia.

La mente que funciona con este softweare, es incapaz de distinguir la verdad de la falsedad. Esta vanidad es la ruina de la mente.

Sólo una experiencia de iluminación puede liberar la mente de este softweare. Un simple, pequeño primer acto de humildad, que equivale a dudar de las propias certezas y verdades, es imprescindible para no ser víctima del programa “yo sé”.

Pero ¿cómo puede ver una mente megalómana, la luz del sol, si la caverna de Platón en la que se encuentra, para él o ella, es la única verdad absoluta que conoce?

¿Crees que hay vida más allá de la caverna? El megalómano cree que sí: pero sólo la suya.

Utilizando el mito de Platón, el megalómano no es consciente de que su caverna es creer que está por encima de todas las cavernas de los que aún son prisioneros.

“Todos menos yo”, así piensa, cree y funciona la mente del megalómano.

El megalómano es prisionero de su propia mente y de su inconsciente softweare “yo sé”.

¿Cómo se puede liberar de su softweare si su yo sobrevalorado es quien controla el softweare?

Todo lo que la investigación aporta hasta el presente sobre el megalómano, concluye que no se puede liberar. El megalómano es víctima de su propio softweare.

Vive en un estado de conciencia totalmente bajo el control de un ego desbordado.

La historia deja constancia de grandes megalómanos como Hitler. Todos los conocemos.

Pero, ¿y los que conviven con nosotros en el día a día, en casa, en el trabajo, entre los amigos, algún familiar, incluso la persona que amamos?

El megalómano con quien nos relacionamos diariamente, ¿se detecta?

Una de las señales más evidentes es su necesidad de protagonismo, de ser el centro, pero sobre todo es fácil detectarlo porque vive instalado y funciona permanentemente con el softweare “yo sé”.

El programa “yo sé” tiene multitud de matices que se filtran en las situaciones más cotidianas, y más las sufren son las personas que conviven con el megalómano.

El megalómano sabe esconderse bajo diversos personajes: víctima, controlador, capaz de soportar grandes sacrificios por “amor” a los demás.

También sale la necesidad de salvar todos, creerse con la capacidad de hacer grandes cosas para los demás, capaz de movilizar masas, un gran activista, necesidad de reconocimiento solapado bajo capa de espiritualidad, no admite que nadie le haga sombra, le cuesta delegar, desconfía, etc.

La persona megalómana se presenta de forma camuflada, ocultando una parte de sí misma, de forma que esconde la realidad de como es, y en cambio proyecta la imagen de sí misma que quiere que se conozca de ella.

La persona megalómana puede tener niveles de conciencia elevados, pero se encuentra atrapada en una identidad que no es quien realmente es.

El megalómano genera un pequeño yo, una forma de ser que esconde, no deja entrever su megalomanía.

El megalómano tiene un ego exacerbado y muy hábil. La persona viene a este mundo con esta carga kármica.

Es una predisposición kármica. No se adquiere durante la vida presente, sino que se llega ya con ella. Esta predisposición kármica es el disfraz con el que el megalómano se manifiesta ante el mundo.

Hace que se manifieste como que necesita algo y en realidad es la megalomanía que está actuando. La megalomanía es un ego exacerbado que se siente Dios. Por eso no tiene solución.

Su ego exacerbado le impide reconocerse a sí mismo como tal. El orgullo, que puede estar revestido de humildad espiritual, bloquea completamente el más mínimo reconocimiento que a pesar de creer que “lo sabe todo” o bien que “sabe más que los demás”, en realidad “no sabe”, porque es incapaç de reconocer en su megalomanía, su pròpia cárcel.

El megalómano religioso, puede desarrollar una relación con Dios, basada en una sutil y muy inconsciente creencia: “Tú y yo somos iguales”, “Dios me necesita”, “soy imprescindible para Dios”.

Aunque parezcan fuertes estas afirmaciones, son las creencias arraigadas profundamente en el inconsciente espiritual del megalómano.

Por eso puede ser muy destructor de quien considera su oponente, aunque éste sea su pareja o la persona más cercana.

Que Dios nos libre del más mínimo rasgo megalómano.

Sólo una gracia del Espíritu Santo puede con el megalómano, si es que éste se permite recibirla, porque cree que no la necesita.

En su subconsciente oculta esta convicción:

¿Qué haría Dios sin mi?

Todo lo que afirmo lo corroboran multitud de casos que he tenido en mi consulta en estos últimos años.

La voz del silencio.