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SOPORTAR LOS MALOS MOMENTOS DE LA VIDA 1.1

3. Rendirse al misterio

La siguiente cita de Frankl conecta con el razonamiento anterior, pero también enlaza con un componente adicional:

Cuando señalo algo con el dedo a un perro, el animal no mira en la dirección que marca el dedo, sino el propio dedo, y si es un perro malo, lo intentará morder. Es decir, la función señalizadora del acto de apuntar algo con el dedo es desconocida para el perro, incomprensible en su mundo.

¿Y el hombre? Desde su mundo, tampoco es capaz de interpretar los signos que puedan llegar del ultramundo. No entiende, por ejemplo, el sentido que pueda tener el sufrimiento. No puede comprender la pista que se le da y, descontento con el destino, muerde el dedo.

El componente adicional de esta cita se refiere a la incapacidad del ser humano de entender el sentido de una tragedia. Nadie comprende por qué tiene que padecer dolores físicos o psíquicos ni por qué en el  mundo hay hambre, pobreza, guerras, catástrofes y muerte. ¿Por qué el diseño de la Creación no podía haber sido más benévolo? Una pregunta desafiante, aunque lógica, para la cual no disponemos de ninguna respuesta. ¿A quién le sorprende, pues, que en esta ausencia de explicaciones proliferen interpretaciones del sentido críticas y dudosas, como la imagen de un Dios castigador? El ser humano no comprende el sentido del sufrimiento, y punto.

Otra forma completamente distinta de plantearse el dilema sería: ¿no existe realmente un sentido adecuado al sufrimiento? No porque no veamos ningún sentido tenemos que deducir que dicho sentido no existe. EN EL UNIVERSO HAY MILES DE MILLONES DE PLANETAS Y GALAXIAS QUE NO VEMOS, ni siquiera con los telescopios más potentes, Y SIN EMBARGO EXISTEN. LIMITAR LO EXISTENTE A LO PERCIBIDO SERÍA, TAMBIÉN DESDE LA LÓGICA, UNA REDUCCIÓN TOTALMENTE INADMISIBLE. Por ello, hasta un destino trágico e inalterable escondería un sentido oculto que no nos podemos figurar porque está más allá de cualquier capacidad humana: un sentido inimaginable.

Dos argumentos lo sustentan. Por un lado, no hay nada en la naturaleza que no tenga sentido, tal como hemos podido comprobar hasta hoy. En cada ínfimo detalle, en cada tallo, en cada granito de sal y en cada concha de caracol, la naturaleza ha «pensado» y ha contado con algo para concebir tan geniales milagros, incluida la «vida espiritual». ¿Cómo podría entonces escapársele un error espantoso?

Por otro lado, el horizonte de comprensión de esa «vida espiritual» es tan amplio que llega hasta los mismos límites de la comprensión. El hombre, a diferencia del animal, conoce sus limitaciones, con lo cual también reconoce, estrictamente hablando, un más allá de sus límites, ese «ultramundo» al que Frankl se refería en la cita anterior:

Desde su mundo, [el hombre] tampoco es capaz de interpretar los signos que puedan llegar del ultramundo.

¿Qué significa esto para un doliente, un enfermo o un moribundo? Significa renunciar abiertamente a la pregunta provocativa del porqué y rendirse al misterio. Rendirse con la confianza puesta en la existencia de un misterio, de un sentido escondido más allá de nuestra comprensión que, de alguna manera, justifica todo lo padecido y lo lleva por el camino correcto, por muy inaceptable que parezca; la confianza de que el dedo que señala es más que un dedo, es una pista. O, en palabras de Miguel Ángel Buonarotti: «Dios no nos ha creado para abandonarnos».

4. Última tarea: la obra maestra

Hemos partido del hecho de que podemos organizar casi cualquier dolor. Y si tenemos que renunciar a quitar el velo que esconde el sentido misterioso de los malos momentos de la vida, también seremos capaces de organizarlos juiciosamente. Tenemos la libertad de introducir un significado en algo que, de todos modos, tampoco somos capaces de explicar.

Una crónica real nos ayudará a ilustrar esta posibilidad que nos permite, cuando es debido, elegir una última tarea y culminarla magistralmente, satisfaciendo un sentido en la vida hasta el último momento. Sólo es una posibilidad, pero hace más fácil el adiós e ilumina con luz eterna a quien se despide.

En el transcurso de una formación para trabajadores y trabajadoras de comunidades residenciales terapéuticas, tuve la oportunidad de visitar un asilo para enfermos de sida en Sicilia.

Los residentes del asilo eran sobre todo hombres jóvenes que, a través de la mafia u otras vías, habían caído en la drogadicción durante la adolescencia y se habían infectado. Condicionados por su «carrera» narcótica, habían roto hacía tiempo todas sus relaciones, tanto familiares como sociales. Además, muchos de ellos habían cometido delitos criminales y habían sido encarcelados. Con la enfermedad ya avanzada, los médicos no habían podido hacer nada más por ellos y, a falta de un hogar donde vivir, fueron trasladados al asilo para pasar sus últimos días.

Quien ha tenido alguna experiencia con enfermos de sida sabe que la última fase es extraordinariamente dolorosa y humillante debido a las diarreas permanentes. Los rostros de aquellos jóvenes todavía reflejaban algo de belleza, pero sus cuerpos estaban totalmente consumidos y sacudidos por los temblores de la enfermedad. Aunque lo más terrible era la falta de esperanza y la resignación, la espera pasiva de una muerte contra la cual se rebelaban con cada fibra de su corazón.

En este contexto, los trabajadores del asilo, que habían recibido una formación logoterapéutica, pusieron en marcha un experimento. Se trataba de crear, con la ayuda de un patrocinador, un taller de pintura de iconos dirigido por un artista ruso del lugar. El tamaño de los tableros de madera en los que se pintaban las imágenes dependía de cada enfermo, en función de las fuerzas que todavía le quedasen. El motivo también era libre; no debía ser necesariamente religioso. Entre ángeles e imágenes de la Virgen, también se eligieron paisajes y escenas de los pueblos donde habían crecido los enfermos, cuando su mundo todavía estaba intacto.

Y así, los que quisieron (y quisieron todos) empezaron a pintar su cuadro. Disponían de asesoramiento artístico constante, así como de caballetes y soportes para poder pintar desde la cama quien lo necesitara. Todos aprendieron a mezclar meticulosamente los colores, aplicar sutiles capas de barniz, dejar traslucir suavemente las vetas de la madera y dar baños de oro y plata. A pesar de su debilidad, los enfermos se olvidaron de su estado y pintaron con una entrega increíble.

Además, se pidió a cada uno que dedicara su icono a una persona para que le fuese entregado tras su muerte; por ejemplo, a un antiguo amor o alguien a quien quisieran pedir perdón. Hubo dedicatorias bastante conmovedoras, como la de un joven enfermo de sida que brindó el icono en el que trabajaba laboriosamente a su padre, a pesar de que éste no quería saber nada de su hijo drogo-dependiente desde hacía años. Otros dedicaron sus imágenes a los cuidadores del asilo, a quienes querían agradecer su «última ayuda»; estos iconos ocuparon un lugar de honor en el pasillo del edificio.

¿Cómo acabó el experimento aquí descrito pasados doce meses? Se obtuvo un resultado triple:

1. La demanda de analgésicos en el asilo disminuyó a la mitad a partir de la introducción de la pintura de iconos: una prueba de que los enfermos habían «olvidado» temporalmente sus dolores.

2. Los gemidos de agonía que antes llenaban el edificio habían desaparecido con la introducción de la pintura de iconos: una prueba de que los enfermos podían morir reconciliados con el mundo.

3. Pero lo más impresionante fue que durante los doce meses que duró el experimento no murió ni un solo enfermo que no hubiese terminado su icono: una prueba de lo triunfal que puede llegar a ser la victoria del espíritu sobre un cuerpo consumido.

A la vista de estos resultados, habría que aconsejar a todos los enfermos graves que no se desanimen ante la cercanía de la muerte ni dejen de vivir con un sentido en sus mentes, sino todo lo contrario: que, precisamente con la muerte cerca, empiecen su «obra maestra», sea cual sea. Tendrán todo el tiempo para hacerlo.

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